¿Quién era ese malandrín de Culiacán?

Por: Ronaldo González Valdés

Nunca nos realizamos.

Somos dos abismos –un pozo mirando fijamente al cielo.

Fernando Pessoa

Ordeno archivos, hurgo en ellos y encuentro papeles que creía perdidos sin remedio. Era mayo de 1987, ese mes cumplía 27 años y estaba por terminar el primer año de la Maestría en Sociología en la Universidad de Guadalajara. Recién abandonaba las seguridades afectivas de mi madre, las certezas de una militancia de izquierda ya muy abollada por una intensa e ingrata andadura; mi hijo mayor, Alán, había nacido un mes antes; Ana, su mamá, reclamaba mi presencia; mis más entrañables amigos seguían en Culiacán, expuestos a la tumultuosa avenida del río del narcotráfico ya desbordado al medio urbano en estas semitropicales tierras. Por esas fechas, en un juego de futbol resulté con una fractura en la pierna izquierda, y yo escribía cartas abigarradas y llenas de referencias crípticas cuyo sentido, supongo, ya no lo recuerdo bien, era incomprensible para mí mismo:

Guadalajara, 17 de mayo de 1987

Más rock –New Wave-, etcétera. Otra época (Velvet Underground, The Boomtown Rats…) exhibe hacia afuera (radar) y hacia adentro. Personalidad de giroscopio: el crash de adentro provocando un –otro- crash minúsculo afuera: T. Rex, Marc Bolan: también (¡ya no es paradoja!) nihilismo consciente. Bucear por contenidos en la nada (“nadedad” de Los Cantos de Maldoror). Todo es nada, pero sólo tal vez (“¡Pero ya es demasiado dos realidades!”, dice Canguilhem) (…). Parménides no es la Onda, menos la Ruta: no-lenguaje, no-modo de ser. Ni Benedetti (fariseismo discursivo). Una no-actitud ante la vida (un confusionismo). Y para uno que es concordante, como dijo Oliveira, “Vodka y Kant: coagulantes del espíritu”. Narcotráfico y Malandrinaje: más que “(sub)cultura de la violencia”, lucha, transición del ascetismo. Trascendens aufhebungesca: de la gracia a la obra y de la obra a la desgracia. De la caverna a la taberna y de ahí a lo que salga… chingue a su madre.

Cosas como estas escribía yo a mi mejor amigo, el Güero C., en una carta fechada ese mismo mayo. Lo conocí en la colonia Las Quintas en 1973, inevitables aquellas cáscaras futboleras y los pleitos con los equipos de los barrios vecinos. Su infancia transcurrió en la Col-Ros -así se plaqueaba en el curioso dialecto cholo en esas fechas: Col Ros =R=, la-colonia-Rosales-rifa-mi-ese. Era la colonia Rosales, una de las más bravas de Culiacán. Uno de los lugares a los que llegaron los primeros “desplazados” de la sierra y los valles antes, durante y después de la Operación Cóndor. Cerros de la ciudad poblados por gente despojada de su patrimonio, su trabajo y su horizonte de vida en el medio rural. Ruralitas que se resistían a ser urbanitas. Lomas verdes que se poblaron de hormonas rebosantes de desencanto y frustración, vidas que crecieron junto con los incipientes pies de casa en tiempos anteriores a PRONASOL, Oportunidades y demás “cruzadas” contra el hambre.

Caminamos juntos desde la adolescencia, juntos nos habíamos iniciado en las lides de la militancia en aquel comité de lucha de la prepa central de Culiacán, por allá en 1974, controlado por el grupo denominado Movimiento Estudiantil Proletario, secuela del radicalismo izquierdista que desplazó y persiguió a los dirigentes del movimiento de reforma universitaria de fines de los sesenta y principios de los setenta en la región (“¡Qué cogobierno, qué florecitas ni qué amores míos, aquí va a haber una asamblea revolucionaria!”); en la misma prepa nos hicimos de novias y salimos en pareja con ellas; celebramos aniversarios con Viejo Vergel, Presidente, Ron Canaima, Coca-Cola y veganines; visitamos el salón “Chantecler” en la zona de tolerancia, conocida como “Los Bules”; nos convertimos al blues (de los bules al blues) y no faltó la ocasión en que reímos inmotivadamente con humo espeso alrededor; enfrentamos el “pavor de la página en blanco”, quisimos ser originales deplorando a Octavio Paz y canturreando su Piedra de sol con una tonada de José Alfredo Jiménez, e hicimos nuestra luchita con la poesía, la narrativa, la guitarra y la pintura. Alguna vez escribimos una composición al alimón:

EL NO-DEMIURGO

Estoy con el PRI

El PAN

El PSUM

Tomo Coca-Cola

Pepsi

(con pancrema)

Peñafiel

Creo en Dios

El Papa

La Iglesia

SOY UN CULERO

(…)

PERO SOY INOCENTE

Era mi gran amigo, mi camarada, mi carnal, un cabrón bien hecho, aventado y bueno para los madrazos, ese mismo Güero que respondió mi carta con otra que decía:

Culiacán, 13/jun/87

Recibí tu carta y al enterarme de tu pierna no me acuerdo si pensé: qué pendejo, o algo por el estilo. También yo estoy a trabajos forzados, me llevo acostado aquí en la casa por otro accidente: se me rompieron las ganas de andar de un lado para otro y aquí estoy echando la hueva. Hay una forma de no perder el tiempo: buscar la manera de perderlo (no sé qué pinche ocioso dijo esto).

Hace poco me encontré un cassette de T. Rex (Tanx) que había yo grabado hace como 4 años. Nada más lo he escuchado unas 100 veces pues no vaya a pensar la gente que me gusta ese cassete.

Esas pendejadas que escribiste en la otra hoja no les entiendo ni madre, siempre he sido muy pendejo para la filosofía. Además yo nunca he leído a Canguilhem ni a Kierkeegard ni a Bachelard o –sólo sé que no sé lo que sé- teoría del conocimiento y filosofía del conocimiento seria. El mundo es tan ignorante y yo tengo la culpa: pa’ qué chingados me fijé.

“Yo no quiero una vida larga, la quiero ancha”, así dicen los malandrines, y por ahí me tiendo.

Nos volvimos jóvenes en un mundo muy distinto al de nuestra infancia. Nos fuimos poniendo viejos en un mundo muy distinto al de nuestra juventud. Y abriéndose paso entre los días, los meses, los años, el narcotráfico surcando edades biográficas en Sinaloa. En 1990 regresé a Culiacán, mi compa estuvo en la cárcel dos años, volvió y nos vimos cada vez menos. Yo estaba ya dedicado a la academia escolar y la burocracia cultural. Supe de su muerte, asesinado frente a su casa, cuando salió a comprar algo para el desayuno, ya casado y teniendo una hija, mi ahijada, un día de algún desdichado mes de 1996. Falleció a los 38 años mi Güero, uno de los pocos urbanitas auténticos que he conocido en Culiacán.

¿Escogió deveras él mismo, por sí mismo, una “ancha vida, no larga vida”? Sigo preguntándomelo mientras recuerdo la inevitable circunstancia de Ortega y Gasset. Sigo preguntándome si, como Píndaro, pensó: “Alma mía, no aspires a una vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”. Sigo preguntándomelo mientras me lo represento en el espejo de los hijos de nuestra generación, jóvenes que bloquean calles fatigando corridos hasta el amanecer, haciendo chirriar llantas, apresurando insultos y no lanzando consignas revolucionarias ni clamando ¡únete-pueblo-no-somos-del PRI!